jueves, 5 de febrero de 2009

La parada

Estoy en el rincón con un niño desconocido. Le pido su nombre en español, y sin mirarme me contesta "George." Sonrío y le digo, "¡Yo también! Mucho gusto conocerte, George. Pero tu nombre no es Jorge o sea?" Niega el niño con la cabeza. "¿Estás esperando el autobús también?" pregunto. Es una pregunta estúpida, claro; ¿qué más haría uno en una parada de autobús? Todavía sin mirarme asiente con la cabeza. Hace mucho calor y es también muy nublado, y el calor me hace querer que llueva pronto. Las nubes me tentan con la posibilidad de lluvia pero es una semana aquí desde la última lluvia. El pueblo es muy seco, y cada vez un camión nos pase, tira mucho polvo en las calles, dejando una nube terrena. Pero hoy no hay camiones. Como no hay nadie aquí. No vi a nadie. Hace una hora que estamos aquí, y todavía el autobús no ha llegado. Es el único que sale del pueblo hoy. Tengo que llegar en la capital para encontrar a mis amigos, pero ahora aquel momento de llegada y reír con ellos y diversión parece solamente un sueño. En este momento la realidad es que estoy en un pueblo cuyo nombre apenas puedo pronunciar, suena algo indígena. No veo a nadie salvo a este niño que todavía no se interesa mirarme; quizás soy yo quien soy el fantasma y no la gente del pueblo a quienes no veo hoy. "¿Es domingo, hoy?" pregunto al niño. "No," dice, apenas audible. "Pues ¿dónde está la gente?" pregunto. Se encoge de hombros y dibuja en el suelo al azar. Llegó en la parada hace diez minutos, cuando estaba yo estuve perdiendo paciencia sin saber cuando llegaría el autobús y sin nadie a quien podría preguntar. En estos diez minutos no miró a la distancia para encontrar señales del autobús, como yo he hecho cada dos minutos. Siempre está de pie. Su piel morena, tiene una gorra de béisbol, una camisa blanca como nueva, y pantalón corto. Trae sandalias que, como las pies, son cubiertas de polvo. "¿Qué estás dibujando en el suelo?" pregunto. "Nada" es su repuesta.

Después de otros diez minutos me siento hambriento. Empiezo a comer unos de mis bizcochos y le ofrezco uno al niño. Lo mira por un segundo y lo acepta, diciendo "Gracias" sin mirarme todavía. "¿Dónde vives?" pregunto. "Dos manzanas de aca," dice. "¿Y tus padres? ¿Qué hacen?" pregunto, empezando otro bizcocho. "Campesinos," dice. Quizás la gente está trabajando hoy, pero ¿por qué están cerradas las tiendas? "¿A dónde vas con el autobús?" pregunto. Después de acabar su bizcocho y aceptar otro de mí, dice, "No sé, donde me lleve."

"Pues ¿no sabes a donde te llevará?" pregunto con curiosidad. "No, cada semana es un lugar diferente." Dejo de masticar y le pregunto, "¿No vives aquí? No entiendo." Él no muestra ningún cambio de emoción, y contesta, "Vivo aquí por una semana, pero después de día de mercado tengo que irme a un nuevo pueblo."

El silencio de día caliente y el pueblo vacío me hace ya un poco más nervioso. "¿Y tus padres? ¿No vendrán contigo?" pregunto. "No, son muertos. Hace muchos años," responde, acabando su último bizcocho.

"Pero mi dijiste que son campesinos..." quería decir, pero entiendo que no significa nada. Vuelvo la cabeza y veo que todavía no hay señal de un autobús. "¿Justamente ahora de dónde viniste?" pregunto. El silencio de este lugar resulta que mi voz parece más alta que la quiero, casi como si pudiera oír el echo de mis palabras, o ¿quizás hay otras voces? Pero no veo a nadie. Me pongo más nervioso. El niño dice, "De mi casa de esta semana."

"¿Y quién está en esta casa tuya?"

"Nadie. No vi a nadie allá. Por eso tengo que irme con el autobús," dice el niño, todavía no muestra ninguna emoción ni mirarme.

"Pero cuando llegaste aquí, en esta casa de la semana?"

"La semana pasada."

"¿Y quién te cuidó?"

"La gente del pueblo."

"¿Tus parientes?"

"No, son desconocidos."

"¿Y no quieren cuidarte hoy?"

"No, porque ya no puedo verlos y tampoco pueden verme."

"No entiendo," digo, el corazón late como loco.

"Ayer era el día de mercado, y como otras muchas semanas es el último día de su visibilidad. Después tengo que irme porque ya no somos conectados. No puedo verlos ni tocarlos. Me llaman el 'Gitanito'," lo dice con un poco más emoción. Pero reconozco yo esta palabra, es lo que me llamaron ayer.

Ayer fue el único día en este pueblo que no me aburrió. Por seis días había nada que hacer aquí, donde tenía que medir el nivel de lluvia. Hasta ahora el nivel es cero. Vi a gente que iba y venía como otra gente de cualquier pueblo. Nadie habló conmigo y cuando intenté hablar con una persona él diría poco. Pero un día un comerciante en una manzanería me llamó "Gitano." No me negué nada porque pensé que fue una chiste (¡sobre todo de un hombre que vende solamente una clase de manzanas!).

"¿Por que te llaman 'Gitanito'?" pregunto.

"Por que no tengo casa fija. Viajo cada semana llegando en un nuevo lugar," dice el niño, "rogando que me den comida."

"Siempre te dan comida?" pregunto.

"Sí."

"¿Y la gente ahora?"

"Supongo que está aquí, pero nosotros ya no podemos verlos ni tocarlos, tampoco pueden vernos ni tocarnos. No sé, es lo que supongo."

"¿Cuántas semanas eres este así-llamando 'Gitanito'?", pregunto.

"No sé, no cuento las semanas, pero desde muchas...." dice el niño.

"¿Pero recuerdas a tus padres, no? ¿Son también 'Gitanos'?"

"No sé si es como les llaman. Son muertos pero puedo encontrarlos un día, es lo que me dijo el primer tutor de mi viajes."

"¿Tutor?"

"Sí. Cuando bajo el autobús, me acoge un tutor que me lleva a mi casa de la semana."

"¿Pero dónde está ya?"

"Lo veo solamente esa vez de acogida."

No digo nada más por muchos minutos. Intento entender. Al final, le pregunto, "¿Vas también a la capital? Mi autobús llegará en la capital donde viven mis amigos."

"No sé. Como dije, nunca sé dónde me dejará el autobús; sabré cuando el conductor me entera y bajo el autobús."

Pues añade el niño, "¿Usted va para la capital?"

¡Qué raro recibir la primera pregunta de él! "Sí," digo, "Es donde viven mis amigos. Soy científico de Estados Unidos que estudia...."

Me interrumpe sin emoción, "¡Qué suerte! Un tutor me dijo una vez que los ángeles viven en la capital." Dice de repente con mucha emoción, "¡Mira, el autobús!"

De verdad, sí, un autobús llega casi sin que me dé cuenta. Llega en una nube de polvo, que se parace a una aparición del desierto. Dejo que el niño suba primera. Veo la silueta del conductor. El niño deja unas monedas para la tarifa. Pregunto al niño cuánto es la tarifa, y una voz de la silueta dice, "No se falta para los ángeles. Pase, señor."

Me acuerdo de que cuando cogí el autobús para llegar aquí, el conductor pidió que pase yo cuando lo pregunté cuánto costaría la tarifa. Pensé que fue porque soy un gringo.... ¿Pero un ángel? ¡Qué raro!

A este momento, oigo la lluvia. Pero no soy tentado quedar en este pueblo para medir nada; me siento un raro miedo de quedar aquí.

La segunda vez, y la última vez, que el conductor me habló es, "Siéntese en el primer asiento, por favor." Es muy cómodo, el asiento. Me doy cuenta de los niños en el autobús. Ningún ellos se interesa de mi presencia. Todos parecen perdidos pero no agotados, mirandos la fuera que se está volviendo más oscura, mirandos las ventanas de gotas de lluvia. El sol se ha puesto. Pero la luz débil del interior de autobús permite que vea sus caras. No hay emoción. Aunque cada cara es diferente, todos traen la misma moda de camisa, y la misma moda de pantalón corto para los niños y la misma moda de falda para las niñas. Algunos tienen algo en la cabeza, como George tiene su gorra. Supongo que como George, viajan a su próximo pueblo donde vivirán por una semama y después. ¿Qué esperan? Pongo unas preguntas al conductor, pero el silencio de la oscuridad es mi respuesta. Al final, pregunto a cada niño o niña qué es su nombre, y solamente una pequeña porción es de español. Y hay diferentes razas, blancos, asiáticos, hindúes, negros de diferentes colores, y también indios de Norteamérica. Pero todo habla español perfectamente, y ningún entiende inglés, ni los blancos. Como George, no me miran cuando me contestan una de mis miles preguntas. No hay emoción.

Primera parada. El conductor no anuncia el nombre de la parada. La puerta abre y una voz llega en el interior de la fuera: "Sungita". Una niña hindú se levanta, me pasa, y baja. La sigo para ver a donde va. Es muy oscuro fuera, solamente una bombilla. El hombre es latino, con una sonrisa grande en la luz amarilla. Le dice a Sungita, "Bienvenida, Sungita. Te trataramos muy bien, no te preocupes. No seas tan triste. Creo que pronto te reunirás con tus padres, quienes deben de estar en la capital. Pero si están en uno de nuestros pueblos, estoy seguro que es un pueblo tan hermoso como el nuestro aquí." Y mientras la puerta del autobús cierra, puedo oír las últimas palabras, "De todos modos, una vez que se enteren que estás aquí, estoy seguro que vengan el día de mercado ...." Y la puerta cierra.

Ningún de los niños muestra el menor interés en lo que ha pasado. Están esperando sus paradas.

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